¿Controlas tus pensamientos o ellos te controlan a ti?

¿Controlas tus pensamientos o ellos te controlan a ti?

Escrito por: Ellen Wein | Lugar: Alemania | Publicado: sábado, 25 de septiembre de 2010

«Tus pensamientos son libres» – así comienza una conocida canción. Probablemente es cierto cuando dicen: «Los pensamientos no se pueden quemar, ni el enemigo los puede saber.» Estos son libres en este sentido, ya que nadie los conoce excepto yo, y nadie excepto yo los puede cambiar – sin embargo no los puedo quemar. ¿Es esta una verdadera libertad?

 

Yo por mi parte he experimentado que los pensamientos son como huéspedes inesperados que llegan y se comportan muy mal y que lo único que quieren es arruinar «la fiesta». Les quiero mostrar la puerta para que salgan, pero no puedo hacerlo solo.

Un buen consejo cuesta caro. Por esta razón oré a Dios por ayuda. También mis amigos oraron por mí. Al poco tiempo encontré una salida, había una luz:

-¡TÚ tienes que llevar cautivo tus pensamientos, antes que ESTOS te cautiven a ti!

Esto provoco que un verso de la Biblia tuviera un significado totalmente nuevo para mí: «Porque las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas, derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo.» (2. Corintios 10: 4-5)..

Desde entonces no he estado más agobiado ni desamparado. Mi paz y alegría continuamente crecen.

 

Esta nueva forma de pensar era una revelación de Dios. Antes no era capaz de pensar así. Sin embargo este nuevo modo de pensar, me dio el poder para controlar mis pensamientos. Ahora es mi elección dejar o no que un pensamiento reciba lugar en mi cabeza. ¡La elección es solo mía! Esto me dio autoridad.

- ¡Los pensamiento de Dios son llenos de esperanza y futuro para mí! «Todos los pensamiento que no conducen a la esperanza o a la fe no provienen de Dios.» Esto lo escuche en una asamblea. Cada pensamiento que no conduce a la esperanza lo debo desechar. Tengo que estar atento para seguir siendo «el jefe» en mi cabeza. Para esto Dios también me da fuerza, porque Él fortalece a los débiles.

Desde entonces no he estado más agobiado ni desamparado. Mi paz y alegría continuamente crecen. Puedo decir como el salmista: «Puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios. Verán esto muchos, y temerán, y confiarán en Jehová. Bienaventurado el hombre que puso en Jehová su confianza, y no mira a los soberbios, ni a los que se desvían tras la mentira.» (Salmos 40: 3-4)