Cristianismo – ¿una licencia para pecar

Cristianismo – ¿una licencia para pecar

Escrito por: Marie Lenk | Publicado: martes, 19 de enero de 2016

Muchas congregaciones cristianas alrededor del mundo son rápidas para asegurar que para nosotros es imposible vencer el pecado así como Jesús lo hizo. Sin embargo, ¿es esto lo que está escrito realmente en la Biblia? ¿O bien, el cristianismo ofrece algo más que el perdón?

«Jesús murió por ti – Él lo ha hecho todo.» «Tienes el perdón, independientes de cuánto peques.» «Una vez salvo, siempre salvo.»

Estas expresiones, y muchas similares, a menudo son utilizadas en la predicación cristiana. Pueden sonar muy atractivas y llenas de esperanza, e incluso afirmando tener base en las Escrituras. Sin embargo, pareciera que esto es sólo una licencia para pecar. ¿Qué consuelo hay para quienes anhelan dejar de pecar? ¿Para el que está harto de la forma en que reacciona, y de sus malos hábitos, y todas esas malas tendencias que de alguna u otra forma simplemente no pueden quitarse de encima? ¿No es el cristianismo algo más que esto?

Perdón es algo que todos necesitamos, pero no es algo que podemos darlo por hecho, y mucho menos algo que merecemos. Jesús dice que «los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos.» (Mateo 9,12)

No sólo puede perdonarnos aquellos pecados que ya hemos cometido, sino que también puede mostrarnos el camino para vencer la raíz misma del pecado.

Pero un médico puede curar a los enfermos – hacerlos sentir mejor. Está claro que necesitamos un médico. El hecho de ser cristianos no significa que no somos tentados a pensar pensamientos impuros, sentir preocupación por lo que otros piensan, a enojarnos con alguien que nos ha hecho daño, etc. Sin embargo, el fin de esto no es que sigamos cediendo a la tentación toda nuestra vida. Jesús es el gran médico y Él tiene el poder para sanarnos de nuestro pecado. No sólo puede perdonarnos aquellos pecados que ya hemos cometido, sino que también puede mostrarnos el camino para vencer la raíz misma del pecado, los deseos en nuestra carne que son la causa que seamos tentados a pecar.

Esto es posible porque vino a la tierra en semejanza de carne de pecado, sin embargo jamás pecó (Romanos 8, 3-4). Esto también está claramente escrito en Hebreos 4, 15-16: «Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado. Acerquémonos, pues, confiadamente al trono de la gracia, para alcanzar misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.»

Todo el propósito de que Jesús asumiera una naturaleza humana y fuese tentado en todo según nuestra semejanza, fue para que pudiera vencer el pecado que vivía en su propia naturaleza humana. ¡De esta manera, nos abrió un camino para seguirlo a la libertad del pecado! No vino solamente para hacer esto en nuestro lugar y sólo dejarnos con la esperanza del perdón. «Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado…» 1 Pedro 2, 20-22. ¡Claramente la intención es que también tengamos victoria sobre el poder del pecado así como Jesús lo hizo! Así es como «nos sana» de nuestro pecado.

Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado...

Al igual que un médico que te da instrucciones, quizás medicamentos o bien ejercicios para hacer, Jesús también necesita un trabajo en conjunto para poder sanarnos. Está escrito en 1 Pedro 4, 1-2 «Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento; pues quien ha padecido en la carne, terminó con el pecado, para no vivir el tiempo que resta en la carne, conforme a las concupiscencias de los hombres, sino conforme a la voluntad de Dios.» Esta es la «medicina» que Jesús nos da para terminar con el pecado. ¡Tenemos que padecer en la carne!

Esto significa que cuando entramos en una situación donde somos tentados a pecar, debemos humillar este deseo y dejar que nuestra carne, con sus pasiones y deseos pecaminosos, padezca y muera.

Muchas personas han intentado esto con pura fuerza de voluntad, pero una y otra vez experimentan la falta de poder para resistir el pecado en el momento de la tentación, y finalmente terminan cediendo, ya sea en pensamiento, palabra u obra. Pero cuando llegamos a este punto, y vemos que el pecado es demasiado fuerte para manejarlo por nuestra propia cuenta, podemos acercarnos «confiadamente al trono de la gracia», como está escrito en Hebreos 4, 16. Allí espera Dios, listo para escucharnos.

La gracia que Él nos da es que envía el Espíritu Santo para ayudarnos, guiarnos y fortalecernos en el momento de la tentación – el «oportuno socorro». El Espíritu Santo fortalece nuestra decisión, de modo que somos lo suficientemente fuertes para padecer en la carne y así jamás dejar que la tentación se convierta en pecado. De hecho, con el poder del Espíritu Santo no hay ninguna tentación que no podamos vencer. No hay ningún pecado que pueda recibir poder sobre nosotros. ¡Siendo obedientes a la dirección del Espíritu Santo, Él nos da la victoria en todo momento!

¡Siendo obedientes a la dirección del Espíritu Santo, Él nos da la victoria en todo momento!

Jamás nos iremos del trono de la gracia con las manos vacías. Al contrario, recibiremos poder para resistir el pecado hasta destruirlo. Poco a poco, tentación tras tentación, el pecado comienza a perder su dominio en nuestras vidas, y somos liberados. El cristianismo no es una licencia para pecar; sino que es la clave para vencer el pecado. Es una vida en victoria; ¡y esto es completamente posible para todos aquellos que retienen firma la profesión!

¡Si te sientes frustrado por el anuncio de un mensaje que da «licencia para pecar», como anuncian en muchas congregaciones en la actualidad, entonces detente, termina con estas mentiras, y libera una batalla contra el pecado hoy mismo!

Lee más acerca de Victoria sobre el pecado aquí. O bien toma contacto con nosotros.