Mi «yo» discriminador

Mi «yo» discriminador

Escrito por: Trond Eivind Johnsen | Publicado: viernes, 10 de mayo de 2013

Supongamos que cada persona es una luz. Entonces ¿mi luz será más fuerte si soplo para apagar las demás luces?

No. Todos hemos visto y experimentado que cuantas más luces se prenden, más iluminado está. Pero sin embargo muchas veces no vivimos así. No lo tomamos en serio. No tenemos en cuenta que las personas automáticamente soplan y apagan a los demás para destacarse ellos mismos.

Los derechos humanos son internacionales  – contrarrestan las culturas y los límites nacionales, y comprueban que el ser humano sabe que está bien y es correcto que debemos respetarnos los unos a los otros. Nadie debe ser discriminado por causa de la raza, la cultura, inclinación, genero etc. A este acuerdo hemos llegado.

Pero con esto no desaparece la discriminación. Ni públicamente, ni en los foros de discusión periféricos de internet, ni en los patios de las escuelas y tampoco en los pensamientos de cada uno de nosotros. No hay ningún motivo para creer que la discriminación desaparecerá sin que cada persona tome una decisión frente a los pensamientos negativos que nos han molestado durante milenios.

Cada día me doy cuenta de las tendencias. Me encuentro con gente nueva todo el tiempo. Algunos se parecen a mí, por la cultura, la crianza y las condiciones de vida, mientras que otros conocieron el mundo desde otro lado. Esto en principio no me gusta. No me agrada que haya gente más pobre que yo. Tampoco me gusta la gente que es más rica que yo. No me gustan los sabelotodo. Tampoco me agrada la gente que no sabe lo que yo sé. Asimismo me desagrada cuando tienen otros valores que yo, cuando no permiten algo que yo permito o cuando piensan que algo es totalmente insignificante y que para mí significa mucho. Rápidamente tenemos una lista larga.

Hay una diferencia grande entre lo que a mí me gusta y entre lo que he decidido ser. Ya sé que no voy a tener mayor brillo si soplo y apago la luz de los demás. Ya sé que el mundo no será un lugar mejor si las cosas son como a mí me gustan.  Al contrario, el mundo será un lugar mejor si yo cambio mí opinión.

Seguramente has oído mucho de Jesús. Él fue invitado donde los aduaneros y los pecadores, sanó a los leprosos y amonestó a sus hermanos de amar a sus enemigos.

 
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Jesús no era diferente a mí. Él se daba cuenta de las tendencias cada día. También se dio cuenta que el mundo no iba a mejorar si él hacía su propia voluntad. Sin embargo, lo que hizo que Jesús cambió todo, fue que él desafió su propia naturaleza a cambio de lo que sabía que era correcto. Y Pablo continuó la amonestación después de Jesús: «Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo Filipenses 2,3.

Si Jesús hizo esto, significa que yo también puedo hacerlo. Pero, debo hacerlo. Porque yo no soy menos prejuicioso por el hecho que Jesús tomó una decisión con sus pensamientos, sino que él me dio la posibilidad de recibir una vida con nuevos pensamientos. Con Jesús como amigo y consejero, puedo comenzar a recibir una forma de pensar totalmente nueva. ¿No sería fabuloso si algunos de los pensamientos de Dios podrían ser mis pensamientos?

Porque el pensamiento de Dios acerca de las personas no es igual a lo que pienso yo. Él no tiene prejuicios. Él no mira a nadie con desagrado. Dios mismo dijo: «Porque yo sé los pensamientos que tengo acerca de vosotros, dice Jehová, pensamientos de paz, y no de mal, para daros el fin que esperáis Jeremías 29, 11. Si tengo estos pensamientos acerca de las demás personas, ¿qué pasa entonces con la discriminación?

Si Dios dijo «sé luz», entonces no creo que el haya deseado que yo intente apagar esa luz.