¿Por qué las cosas no salen como quiero?

¿Por qué las cosas no salen como quiero?

Escrito por: Nellie Owens | Publicado: domingo, 18 de mayo de 2014

¿Qué es en realidad «mi voluntad», y cómo «mi voluntad» forma parte en el servicio a Dios?

¿Odias cuando no logras lo que quieres? Yo también. Era una persona que se quejaba; y me quejaba mucho antes que las cosas no salieran como quería. Me volvía irritable, envidioso, e incluso me enojaba cuando las cosas no salían según mi voluntad.

«Mi voluntad» es una lista interminable de cómo creo que deben ser las cosas. Son las exigencias y expectativas que tengo de otras personas, y lo que creo que debería suceder en las diferentes situaciones de la vida. «Mi voluntad» es mi ego. «Mi voluntad» son mis pasiones y deseos. «Mi voluntad» proviene de mi naturaleza humana pecadora. La Biblia describe esta naturaleza humana como «la carne». En Romanos 8, 8 está escrito: «Y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.» No puedo agradar a Dios si vivo según los deseos de la carne, o bien según «mi voluntad». La verdad es que «mi voluntad» simplemente no forma en absoluto parte de mi vida si quiero servir a Dios.

La voluntad de Dios es lo opuesto a «mi voluntad», y algo tiene que cambiar drásticamente si quiero empezar a hacer las cosas como Dios quiere, en lugar de como yo mismo quiero.

La verdad es que «mi voluntad» simplemente no forma en absoluto parte de mi vida si quiero servir a Dios

Jesús dijo a Nicodemo: «… De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.» (Juan 3, 3) Nicodemo sabía que uno no puede nacer físicamente de nuevo, y por lo tanto no entendió lo que Jesús le trató de decir. Jesús le explicó acerca de un nuevo nacimiento según el Espíritu. Cuando doy mi vida a Dios, y me entrego por completo, entonces comienzo a nacer de nuevo. Tomo una decisión consciente de dejar de vivir según «mi voluntad». Me despojo «del viejo hombre» - el sentir que tiene mi mente para servir y vivir de acuerdo al pecado en mi carne. (Efesios 4,22 y Romanos 6,6) Esto significa que ya no cedo ante las exigencias egoístas y expectativas de mi carne. Entonces soy libre para servir a Dios y encontrar su voluntad para con mi vida, y Dios envía el Espíritu Santo para que me instruya y guíe– para enseñarme la diferencia entre la «voluntad de Dios» y «mi voluntad», ¡y para darme el poder para obedecerle! (Romanos 8, 11-15)

Es a través de los padecimientos de Cristo – al crucificar mis pasiones y deseos (mi voluntad) – que recibo parte de una gloria y gozo eterno

«Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese, sino gozaos por cuanto sois participantes de los padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de su gloria os gocéis con gran alegría.» (1 Pedro 4, 12-13) El padecimiento no tiene sentido según mis sentimientos y razonamiento humano, pero es a través de los padecimientos de Cristo – al crucificar mis pasiones y deseos (mi voluntad) – que recibo parte de una gloria y gozo eterno.

En medio de cada situación Dios trata de mostrarme algo. Cuando a mi auto por ejemplo se le detiene el motor, es claro que las cosas ya no están saliendo como yo quiero. Sin embargo la voluntad de Dios es algo completamente diferente a lo que yo quiero según mi entendimiento humano. Quizás Él quiere que vea mi propio orgullo: que creo que tengo el control de mi vida, y que soy rápido para impacientarme y amargarme. Cuando conscientemente elijo estar tranquilo en la situación, sin ceder ante la ira o pensamientos amargos, entonces padezco en mi carne porque no dejo que se salga con la suya. Al contrario recibo algo de valor eterno a cambio. «Mas el Dios de toda gracia, que nos llamó a su gloria eterna en Jesucristo, después que hayáis padecido un poco de tiempo, él mismo os perfeccione, afirme, fortalezca y establezca.» (1 Pedro 5,10) «El padecimiento» no es el hecho que el motor de mi auto no funcionó, sino que no cedo ante las inclinaciones de mi carne («mi voluntad»). ¡En lugar de quejarme, comienzo a tener victoria sobre el pecado que mora en mi naturaleza humana y a ser libre de esta!

¡Este sentir trae una bendición que «mi voluntad» jamás podría traer!

Con la esperanza de ser cada vez más libre, puedo seguir adelante y regocijarme en todas las circunstancias que me brinda la vida. Puedo comenzar a ver mi vida cotidiana de la misma forma que el apóstol Pablo lo hizo: «Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse.» (Romanos 8,18) ¡Este sentir trae una bendición que «mi voluntad» jamás podría traer!