¿Qué es lo que hace a esta iglesia diferente?

¿Qué es lo que hace a esta iglesia diferente?

Escrito por: Maggie Pope | Publicado: viernes, 09 de mayo de 2014

Desde la solemne y formal iglesia inglesa con un sacerdote vestido con túnica pasando por un pastor bautista evangélico en traje y corbata hasta un predicador pentecostal de moda en jeans y camiseta, con micrófono en mano corriendo por todo el escenario gritándonos... las he experimentado todas.

Y tienen una cosa en común.

Se trata solamente de ellos.

Un hombre en el escenario tiene la tarea de contar a la iglesia lo que Dios ha hecho por nosotros, y cómo podemos recaudar dinero para un nuevo techo, ser salvo, o bien ser bautizado con el Espíritu Santo. Amén, ¡Alabado sea el Señor y/o Aleluya!

Y volvemos a casas, agradecidos porque somos buenas personas, o porque hemos aceptado a Jesucristo como nuestro salvador personal, o bien porque podemos hablar en lenguas.

Por varios meses pensé, «¿Y esto es todo? ¿Esto es todo lo que el cristianismo tiene para ofrecer?»

Por varios meses pensé, «¿Y esto es todo? ¿Esto es todo lo que el cristianismo tiene para ofrecer?» Cuando leo en Hechos hay una sensación de poder, de victoria, de vencer a Satanás y las huestes del infierno. Anhelaba esta misma sensación de victoria, y encontré a líderes que me decían que en realidad no tenía que hacer lo que dice la Biblia, porque ellos no lo hacían. Encontré mujeres que contaban chismes y murmuraban sobre los demás miembros de la congregación, y hombres que gozaban dividiendo la iglesia en grupitos para ganar poder y prestigio personal.

Todos estaban de acuerdo en una cosa: que Jesús, el Hijo de Dios y Rey de reyes, había sufrido y muerto en la cruz por nosotros para que pudiéramos encontrar un camino de regreso a Dios a través del perdón de pecados. Todo lo que teníamos que hacer era creer en la sangre preciosa que había sido derramada por nosotros.

Y entonces teníamos que ir y correr la voz acerca de lo que Dios había hecho por nosotros y conseguir a la mayor cantidad de gente posible para convertirse. Pero no podía dejar de pensar, convertirse ¿a qué?

Los cristianos que veía a mí alrededor seguían chismeando, se divorciaban, se enojaban y eran envidiosos. Y pensaban que esto estaba bien, siempre y cuando pidieran perdón a Dios mediante la sangre de Jesucristo nuestro Salvador, que borró nuestros pecados.

Entonces, ¿cuál era el punto y dónde estaba la victoria que había leído?

Entonces, ¿cuál era el punto y dónde estaba la victoria que había leído?

Entonces conocimos un hombre joven que nos contó otra historia. Venía del movimiento pentecostal como nosotros, pero había visitado una conferencia en Brunstad, Noruega. Lo que había escuchado allí había cambiado su vida. Nos habló acerca de lo que había oído – que ser salvo era sólo el comienzo en un camino de transformación, que poco a poco  podemos recibir victoria sobre el pecado en nuestra naturaleza si luchamos y resistimos a Satanás así como Jesús lo hizo.

Esto fue algo nuevo para mí. Leyó en Hebreos 12,4: «Porque aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado.»

Aquí no está escrito que nuestros pecados fueron «borrados», ¡sino más bien que debemos resistirlos!

Nunca había leído este versículo antes. Nunca nadie me había hablado sobre esto tampoco. Aquí no está escrito que nuestros pecados fueron «borrados», ¡sino más bien que debemos resistirlos! Sentí escalofríos por mi espalda. Se supone que tenía que luchar contra el pecado. Yo era el responsable aquí y ahora de cómo daba respuesta en la tentación. No podía solamente ceder y esperar que la sangre de Jesús me cubriera de los ojos de Dios.

En una ocasión en los Bautistas Evangélicos dejé un servicio malhumorada y seriamente molesta con mi marido. Un miembro de la iglesia lo notó y me insistió en decir en voz alta: «¡Alabado sea el Señor!» Yo no quería. Me presionaron para que lo dijera, «¡Alabado sea el Señor!», como si esto por arte de magia haría que todo estuviera bien.

Lo que descubrí en Brunstad la Iglesia Cristiana (BCC) fue que había pecado dentro de mí, y no era mi marido el culpable de que me irritara. Aprendí que tenía que ir al ataque contra mi irritación; que podía (y debía) orar a Dios para que me llenara con su Espíritu Santo, no sólo para hablar en lenguas, sino para que me diera el poder para resistir y rechazar la irritación, y pensamientos pecaminosos. Me di cuenta que al tomar esta batalla contra mi propio pecado, fui – y lo continuo siendo - libre de este, poco a poco.

En cada reunión tengo yo y los demás la oportunidad para levantarse y dar testimonio de la bondad de Dios y la obra que Él hace en nuestra vida. Compartimos las revelaciones que hemos recibido de nosotros mismos cuando escuchamos el profético anuncio de la Palabra de Dios.

A ninguna persona se le paga para que me salude en la puerta de la iglesia, a nadie se le paga para que me lea las Escrituras, a nadie se le paga para proceder.

Somos miembros del Cuerpo de Cristo, personas libres, siervos con un llamado cada cual, el que seguimos sin ninguna ganancia o influencia terrenal.

Somos miembros del cuerpo de Cristo, personas libres, siervos con un llamado cada cual, el que seguimos sin ninguna ganancia o influencia terrenal. Tenemos profetas, maestros, ayudantes, evangelistas, y quienes pueden darnos consuelo.

¿Quién puede formar parte de este lleno de vida y próspero cuerpo?

Una cosa es segura; no hay ningún formulario de inscripción que llenar. Ninguna congregación con denominación a que unirse. En realidad es muy sencillo:

«Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.» (Lucas 9,23)