Una libertad personal

Una libertad personal

Escrito por: Amy Cameron | Publicado: lunes, 30 de mayo de 2016

A lo largo de los siglos, las personas han luchado por la libertad personal. Sin embargo, es triste ver cómo tan pocas personas han escuchado y mucho menos luchado para recibir una mayor y más profunda libertad. Una libertad interior, lo que Jesús llama ser verdaderamente libres.

¿Soy realmente libre?

Si somos honestos con nosotros mismos, debemos admitir que aunque queramos ser bueno y fuerte y feliz, somos seres humanos y estamos lejos de ser perfectos.

Personalmente recuerdo tratar de darle a alguien una sonrisa paciente, a pesar de estar irritada. En su lugar salieron sólo palabras de enojo de mi boca. En otras ocasiones no he podido perdonar a alguien que me había hecho daño, aunque en realidad quería recuperar la relación que teníamos.

En la Biblia está escrito: «Haced todo sin murmuraciones» (Filipenses 2,14), pero es casi imposible para nosotros no tener pensamientos negativos cuando las cosas no van bien. Encontramos rápidamente nuestras limitaciones cuando tratamos de hacer lo que Pablo dice. Por nada estéis afanosos (Filipenses 4,6)

¿De qué nos sirve alcanzar plena libertad para hablar y actuar en la sociedad, si estamos completamente atados en nuestro interior cuando se trata de hacer lo bueno?

No hay libertad sin lucha

El pecado es lo que nos ata. (Romanos 6,16) No podemos ganar libertad si no luchamos. Tal vez muchos no saben que Jesús fue el primero en pelear esta batalla. Jesús nació con la misma naturaleza como el resto de la humanidad, de modo que también fue tentado como nosotros. Él fue el primer hombre que luchó contra los deseos de su carne, y la tendencia a cometer pecado.

«¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?» Santiago 4,1. Jesús también experimentó estas tendencias en su propia naturaleza humana, pero en lugar de ceder, se humilló a sí mismo y oró fervientemente a Dios por todo lo que necesitaba. Con el poder de Dios entró en esta batalla contra su propia carne en la vida cotidiana. Él venció todo lo que le impedía hacer el bien.

Jesús se convirtió, con la misma naturaleza que nosotros, en el Príncipe de la Paz. Llegó a la libertad del pecado a costa de su propia voluntad. ¡Recibió la naturaleza divina y abrió el camino a la vida eterna con Dios! (Romanos 6, 22-23)

Realmente libre

¿Está dispuesto a dar tu vida por una tal libertad? ¿Eres lo suficientemente valiente como para seguir a Jesús y negarte a tí mismo en la tentación, con el fin de poder hacer la voluntad de Dios? A través de la fe y la obediencia es posible ganar la libertad para amar y para hacer el bien, para vivir una vida justa y ser una bendición para las personas a tu alrededor. «Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado. Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre. Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres» (Juan 8, 34-36)

Entonces el Príncipe de Paz te otorgará el premio final de la paz: La vida eterna.