¡Amad a los hermanos

¡Amad a los hermanos

Escrito por: Arild Tombre | Publicado: martes, 10 de mayo de 2011

Así es como suena una corta exhortación del apóstol Pedro en su primera carta, capítulo 2, verso 17. A través de esto aprendemos que, en el sentido bíblico, también hay algo que se llama «hermandad».

Y esta no es cualquier hermandad. No, estas son personas que están siendo santificadas. Puedes ver en Hebreos 2,11. Jesús no se avergüenza de llamar hermanos a aquellos que son santificados. Y esto se aplica a todas las mujeres y hombres que viven esta vida.

La hermandad forma parte de la santificación

La santificación, es por lo tanto, la condición para esta sublime hermandad. Y la santificación está estrechamente relacionada con la hermandad. Cuando estamos en esta bendita hermandad, y queremos pues servirnos unos a otros, vestirnos de humildad para con los demás, considerarnos inferiores respecto a los demás, tomar en cuenta las necesidades de los demás en primer lugar, y así sucesivamente, como la Palabra de Dios nos exhorta, entonces recibimos una excelente oportunidad para ver nuestros defectos y errores. Esto quiere decir que recibimos una excelente oportunidad para continuar en la santificación – a tal grado que tenemos buenas razones para decir: ¿Que hubiéramos hecho nosotros sin la hermandad?

En la hermandad hay una excelente oportunidad para ser servido – y para servir a los demás. Una excelente oportunidad para ser exhortado y para exhortar a los demás. Y una excelente oportunidad para humillarse a sí mismo. Porque: Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. 1 Pedro 5,5. Sí, nuevamente sentimos la necesidad de exclamar: ¿Qué hubiéramos hecho nosotros sin la hermandad?

Y una de las declaraciones bíblicas más fuertes acerca de la hermandad, son las palabras del apóstol Juan, en 1 Juan 3,14: Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos. Y esto también lo expresa Pedro de la siguiente manera: ¡Amad a los hermanos! Y en Hebreos 13,1: ¡Permanezca el amor fraternal!

La hermandad no soporta engaño

Cuando nos referimos a la hermandad, es natural pensar, entre otras cosas, en Natanael, el discípulo a quien Jesús dijo: He aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño, (Juan 1,48). La hermandad de Jesucristo está compuesta por tales «Natanaeles». En esta fraternidad uno puede estar seguro. Aquí reina la honestidad,  la franqueza y la confianza mutua. Lazos puros y eternos se forman entre las almas de tales discípulos. Por esto cantamos una canción sobre la hermandad: «Engaño no soporta, hay fidelidad y gloria eterna que la hace brillar». (Caminos del Señor, nr. 186) Así es, que la hace brillar en un mundo en que la gente pareciera no confiar en los demás. El discipulado y la hermandad son una misma cosa. Y es a través de la cruz, de la crucifixión de mi propia voluntad, que tenemos acceso para experimentar esta sublime hermandad