Cristo manifestado en carne

Cristo manifestado en carne

Publicado: lunes, 12 de septiembre de 2016

«Cristo manifestado en carne» es la doctrina sobre Jesucristo, el Hijo de Dios, que vino a la tierra y se vistió de carne y sangre como nosotros. Fue tentado como nosotros, pero venció contra todo pecado al presentarse a sí mismo como sacrificio para Dios en el poder del Espíritu eterno. Él fue justificado en su espíritu humano, y recibido arriba en gloria. (Hebreos 4,15; Hebreos 9,14; 1 Timoteo 3,16)

Jesús nació en el mundo como un hombre – Jesucristo hombre. «Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo.» Hebreos 2,17.

«Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre,» 1 Timoteo 2,5.

Como cristianos no estamos solamente llamados a recibir perdón por nuestros pecados, sino también a vencer sobre todo pecado, y a seguir tras las pisadas de aquel que no cometió pecado. (1 Pedro 2,20-24) Y justamente esto es Cristo manifestado en carne – la condición del Hijo del hombre, sus tentaciones, dificultades, luchas y victorias – lo que debe ser de un interés vivo e importancia para nosotros.

La obra de Dios con las personas

«Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras en otro tiempo a los padres por los profetas, en estos postreros días nos ha hablado por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por quien asimismo hizo el universo.» Hebreos 1,1-2.

Desde el tiempo de Adán y Eva, Dios ha hablado a los hombres sobre su voluntad por medio de sus leyes y mandamientos, tanto directamente como a través de los profetas. Dios le dio a Israel la ley por medio de Moisés, como una ayuda para mantener el pacto hecho con Abraham y su descendencia. Esto fue una bendición para ellos, y tuvo un tal efecto que fueron separados de entre los gentiles. Estas eran leyes y mandamientos sobre cómo las personas debían vivir, pero no brindaban ningún poder para vivir de acuerdo a estas.

Uno de los requisitos de la ley era que no debían codiciar. Este era un requisito imposible de cumplir en su propia fuerza humana.

Los sinceros y piadosos del pueblo de Israel se esforzaron en su propia fuerza para mantener todos los mandamientos y reglas de la ley. Uno de los requisitos de la ley era que no debían codiciar. Este era un requisito imposible de cumplir en su propia fuerza humana. La codicia estaba en su hombre interior, y la ley sólo podía juzgarlos cuando el pecado, por causa de la codicia, se manifestaba en un acto. Los sacrificios les daban el perdón por sus pecados, pero nunca podían quitar la codicia y el pecado. Podían aparentar verse bien en lo exterior, pero interiormente los deseos y la codicia libraban una guerra en sus miembros. Algunos lograban llegar lejos haciendo la voluntad de Dios, por causa de su temor reverente, pero nunca alcanzaban la paz y el reposo que Dios en realidad anhelaba para ellos.

Lo que la ley no podía hacer

Dios, después de haber trabajado con las personas durante miles de años, «muchas veces y de muchas maneras» sin que ellos alcanzaran la promesa, decidió hacer algo completamente nuevo. Envió a su propio Hijo a la tierra para abrir un camino nuevo y vivo, para aplastar finalmente la cabeza de la serpiente, y destruir a aquel que tenía el poder de la muerte, que es el diablo.

«Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre. Porque ciertamente no socorrió a los ángeles, sino que socorrió a la descendencia de Abraham. Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo. Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados.» Hebreos 2,14-18.

En la carta a los Romanos, Pablo describe esta gran obra que Dios hizo en Jesús, y las grandes posibilidades que esto abrió para nosotros:

Los deseos y pasiones de la carne eran más fuertes que las disposiciones de la ley, por eso ésta no tenía poder sobre el pecado. 

«Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.» Romanos 8,3-4.

Los deseos y pasiones de la carne eran más fuertes que las disposiciones de la ley, por eso ésta no tenía poder sobre el pecado. Por ejemplo, la ley era impotente ante la envidia, la cual creaba una realidad en el hombre interior que la ley no podía juzgar o hacer algo al respecto. Aquí vemos lo que era imposible para la ley, justamente hacer que las personas cumplieran con los requisitos de la ley: «no codiciarás.» En otras palabras, la ley no podía tocar la raíz del pecado, o el pecado en la carne, que todas las personas heredaron después de la caída. Para que este pecado que mora en nosotros pudiera ser destruido, debía suceder una obra en una persona con carne y hueso como un niño, en donde el deseo a pecar, como resultado de la caída, estuviera morando en él. Dios mismo tenía que condenar al pecado en la carne de esta persona.

Cristo manifestado en carne

Por eso Dios tuvo que hacer algo totalmente nuevo. No hubo más remedio que enviar a su propio Hijo a la tierra con una carne como la de un niño, en la que moraba la codicia.

Cada vez que fue tentado, obedeció a Dios y se ofreció a sí mismo en el poder del Espíritu eterno, que estaba con Él, de modo que venció sobre el pecado, y nunca cometió pecado.

Para esta tarea el Hijo se puso a disposición de Dios. Nació en el mundo como un hombre. Como hijo de María, era descendiente de David según la carne, lo que significa que había heredado la misma naturaleza humana y la carne que tenía David. (Romanos 1,2-3) Dios condenó al pecado en esta carne humana cada vez que Jesús fue tentado. Jesús siempre estuvo de acuerdo con Dios en este juicio sobre el pecado y la codicia. Cada vez que fue tentado, obedeció a Dios y se ofreció a sí mismo en el poder del Espíritu eterno, que estaba con Él, de modo que venció sobre el pecado, y nunca cometió pecado. (Hebreos 9,14) Negó su propia voluntad y padeció en su carne, y lo hizo hasta que lo llevó a la muerte, y terminó con el pecado.

«Puesto que Cristo ha padecido por nosotros en la carne, vosotros también armaos del mismo pensamiento; pues quien ha padecido en la carne, terminó con el pecado.» 1 Pedro 4,1.

Cristo manifestado en nuestra carne mortal

Al vivir Jesús esta vida, abrió un camino nuevo y vivo, de modo que podamos seguirle. Esta es la gloria del nuevo pacto. Los que creen que Jesús vino al mundo como un hombre como nosotros, también entienden que tuvo una voluntad propia la cual tuvo que negar, y que fue tentado al igual que nosotros, sin ceder al pecado una sola vez.

Toda la plenitud de Dios se manifestó en el hombre Jesucristo. Esto fue algo completamente nuevo. Jesús no es solamente una expiación por nuestros pecados y un ejemplo inalcanzable para nosotros, sino que es nuestro hermano y nuestro precursor.

Es por esto, que ésta fe bíblica y entendimiento es una tremenda llave para que nosotros mismos podamos llegar a una vida victoriosa de modo que ahora la vida de Cristo también pueda manifestarse en mi cuerpo y en tu cuerpo.

«Llevando en el cuerpo siempre por todas partes la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos. Porque nosotros que vivimos, siempre estamos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal.» 2 Corintios 4,10-11.