El coqueteo y la perfecta voluntad de Dios

El coqueteo y la perfecta voluntad de Dios

Escrito por: Robin Dashwood | Publicado: martes, 07 de abril de 2015

«… para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.» (Romanos 12,2) ¿Cuál es la perfecta voluntad de Dios cuando hablamos del coqueteo? ¿Buscamos vivir para nosotros mismos, o bien hacer sólo la voluntad de Dios?

El coqueteo es un juego muy tortuoso. Coquetear es comportarse como si uno estuviera atraído por alguien, pero en broma, en lugar de hacerlo con intenciones serias. Pero si examinamos lo que hay detrás del coqueteo, ¿encontramos que es algo apropiado para nosotros como cristianos?

Jesús dijo claramente: «Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón (Mateo 5,28) Pero el coqueteo no es codiciar, podemos decir. ¿No lo es? Si somos honestos con nosotros mismos, ¿no consiguen algo de alimento nuestros deseos cuando coqueteamos? Si estamos interesados en mantenernos puros para Dios, tenemos que ser muy honestos y despertar cuando se trata de nuestra interacción con otras personas, y las intenciones detrás de ello.

¿Qué es el coqueteo?

El apóstol Pablo exhortó a Timoteo «¡Huye de la pasiones juveniles La palabra huir significar alejarse de algo. ¿Qué quiso decir Pablo cuando dijo esto? ¿Que nunca debemos tener interacción con el sexo opuesto? De ningún modo. Más bien que amamos tanto a Jesús que anhelamos permanecer en la pureza, de modo que hacemos todo lo necesario para mantenernos puros. Cada uno de nosotros sabe lo que significa esto personalmente. Si estamos decididos a ser agradable para Dios, sabemos que nuestras interacciones se pueden definir como coqueteo, y por lo tanto alimentan un deseo. «¡Sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne (Romanos 13,14)

Amamos tanto a Jesús que anhelamos permanecer en la pureza, de modo que hacemos todo lo necesario para mantenernos puros.

Cuando tenemos escudriñados los pensamientos y las intenciones de nuestro corazón, juzgadas nuestras motivaciones, y sabemos que nuestras intenciones son completamente puras, ¿podemos simplemente asumir que la otra persona lo tiene del mismo modo? Imaginemos, que por causa de nuestro comportamiento, ¡podemos exponer a otros en el camino de la tentación! Debemos asegurarnos de jamás ser una piedra de tropiezo para alguien más.

Por supuesto que como seres humanos nos sentimos atraídos el uno al otro. Somos humanos. Esto es un comportamiento natural del ser humano. Pero también somos personas que queremos vivir para Dios, y aunque nos sentimos tentados a actuar según nuestros deseos, no necesitamos ceder a esto; no necesitamos actuar de acuerdo a nuestras tendencias humanas. Esto no es ingenuidad, es bíblico. «Enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo...» (Tito 2: 12-13 )

¿Cuál es el peligro?

Pero si es natural, entonces ¿por qué es tan importante resistir? ¿Cuál es el peligro? ¿Ha dicho realmente Dios que el coqueteo está mal? Nuestros deseos quieren satisfacción. Al principio es un «inocente» coqueteo. Está bien, simplemente diversión. Pero las pasiones siguen recibiendo un poco de alimento allí, y la Biblia dice muy claro que los deseos deben ser negados (ver arriba). Y los deseos exigen. El coqueteo satisface por un tiempo, pero en algún momento no será suficiente. Puede ser una pendiente muy resbaladiza, y con una inclinación muy ligera.

¿No conlleva el coqueteo intranquilidad consigo? Seguimos de cerca las reacciones, nos preguntamos si llamamos la atención, ya sea consciente o inconscientemente, etc. Esto se trata de «mí» – nos volvemos egoístas y perdemos de vista la vida que es para hacer la voluntad de Dios. ¿Cómo podemos servir a Dios en un tal espíritu? Si buscamos a Dios, entonces debemos pensar, «¿Qué es lo que me brinda paz y reposo? ¿Qué es lo que lleva intranquilidad consigo?» Entonces encontraremos nuestra dirección. Y cuando Dios nos da luz sobre lo que debemos hacer, entonces debemos ser obedientes y hacerlo.

Si queremos hacer la voluntad de Dios y no la nuestra, entonces nuestra conciencia nos guía, independiente de dónde nos encontramos, y qué estamos haciendo – en la escuela, qué tipo de libros leyendo, haciendo deporte, etc. – y tenemos libertad para todo, estando en la verdad estamos sin mancha delante del rostro de Dios.

Tenemos libertad para todo, estando en la verdad estamos sin mancha delante del rostro de Dios.

La motivación para permanecer en la pureza

Debemos asegurarnos que nada está nublando nuestra relación con Dios. Él debe ser todo para nosotros, y debe ser de tal modo que lo tenemos como José cuando fue tentado por la esposa de Potifar: «¿Cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios(Génesis 39,9) Si nos preguntamos a nosotros mismos: «Dios me está mirando en este momento. ¿Qué piensa sobre esto?» entonces queda claro lo que debo y no debo hacer.

Jesús dice, «Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios (Mateo 5,8) Todo lo que hacemos aquí en la tierra tiene un propósito: la eternidad. Si guardamos nuestro corazón puro, veremos a Dios. Así de simple y así de esperanzador. Esta es verdadera motivación para tomar las decisiones correctas cuando somos tentados. Y somos nosotros los que debemos tomar las elecciones.

¿Y qué logramos?

En Efesios 5,27 escribe Pablo sobre la esposa de Cristo: «… sin mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha ¡Piensa que un día podemos estar delante de Jesús, nuestro novio celestial, completamente santos y puros! Y no sólo en éste ámbito. Puros en todos los aspectos de la palabra. Siendo obedientes a lo que Dios nos pide en nuestros corazones, podemos tener un espíritu que no está empañado por el orgullo, la envidia, la ansiedad, o cualquier otra cosa que se identifica en la palabra de Dios como pecado.

¡Podemos levantar nuestras cabezas – este es nuestro futuro; es nuestra esperanza!

Entonces podremos ver a Jesús a los ojos el día que nos encontremos con Él, y saber que no tenemos que pedir disculpas por nada; no tenemos nada que ocultar. ¡Podemos levantar nuestras cabezas – este es nuestro futuro; es nuestra esperanza!