¿Es la Santísima Trinidad bíblicamente correcta?

¿Es la Santísima Trinidad bíblicamente correcta?

Escrito por: Richard Savage | Publicado: viernes, 20 de mayo de 2016

La doctrina de la Santísima Trinidad es central para la confesión y enseñanza de la mayoría de las direcciones cristianas. Sin embargo, la confusión surge justamente en cómo funciona la Trinidad y dónde está escrito en la Biblia. ¿Es absolutamente la Trinidad un concepto basado en la verdad?

La doctrina sobre la Santísima Trinidad dice que Dios, Jesús y el Espíritu Santo, son tres personalidades separadas, pero al mismo tiempo tienen aspectos de un mismo ser. Jesús es Dios, Dios es Jesús, y el Espíritu Santo una parte de ambos.

Pero, cómo funciona la relación entre ellos es una enorme fuente de confusión. ¿Cómo pueden tres seres al mismo tiempo ser uno? ¿Cómo pueden ser lo mismo y a la vez estar separados? Muchos pasan por alto sus preguntas diciendo simplemente que «los caminos de Dios son más altos que los nuestros», pero esto no significa que todo lo que tiene que ver con Dios tiene que ser necesariamente un misterio.

La doctrina sobre la Trinidad en realidad no se encuentra en la Biblia. Viene del Primer Concilio de Nicea, en el año 325. Este concilio fue convocado por el emperador romano Constantino I, para entre otras cosas, responder a la creciente inquietud sobre la naturaleza de Jesucristo. Muchas autoridades religiosas de la época no querían creer que Jesús fue un hombre como nosotros, tentado del mismo modo que nosotros, porque esto significaba que ellos también tendrían que vivir como Él lo hizo; una vida en victoria sobre el pecado.

En la misma naturaleza del asunto se encuentra que el padre y el hijo son dos seres separados.

En convicción de que había una razón que hacía imposible para nosotros andar como Él anduvo (1 Juan 2,6), el concilio saco al frente la doctrina de la Trinidad. No podían negar abiertamente las Escrituras y decir que Jesús no fue un hombre, pero tampoco humillarse y admitir que Él fue justamente esto. De este modo nació este concepto que es imposible que Jesucristo fuese tanto un verdadero hombre y un verdadero Dios cuando estuvo aquí en la tierra.

Dios, Jesús y el Espíritu Santo no son el mismo ser

Está escrito sobre Jesús en Colosenses 1,15: «Él es la imagen del Dios invisible, el primogénito de toda creación.» Esto demuestra claramente que Dios creó a Jesús; de ahí los nombres «El Padre» y «El Hijo». En la misma naturaleza del asunto se encuentra que el padre y el hijo son dos seres separados.

Jesús dice también en Mateo 19,17: «¿Por qué me llamas bueno? ¡Ninguno hay bueno sino uno: Dios!» Claramente podemos ver que Jesús no pensaba en sí mismo como Dios.

Hay muchos otros versículos donde Dios y Jesús y el Espíritu Santo se mencionan entre sí o bien se mencionan entre sí como seres separados, con funciones independientes en el cielo y en la tierra. Lee entre otros versículos en Juan 5,19, Juan 6,38, Juan 14,28, Juan 17, 1 Corintios 11, 3, Hechos 7,55.

Pero ¿qué hay con su unidad? Podemos ver que estos tres no son exactamente el mismo ser. Pero tampoco están completamente separados. Jesús dice en Juan 10,30: «Yo y el Padre uno somos Hay varios otros versículos en la Biblia donde está escrito que Jesús es uno con Dios. ¿Cómo puede ser verdad, que estos tres son uno pero al mismo tiempo seres separados?

Podemos ver que estos tres no son exactamente el mismo ser. Pero tampoco están completamente separados.

Esta «unidad» se refiere a una unidad de voluntad y propósito, en lugar de una unidad en el ser. El Padre, el Hijo y el Espíritu Santo tienen un objetivo común, un propósito común y un anhelo común de hacer el bien.

Esta es la razón por la que Jesús dice en Juan 6,38: «Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.» Él se refiere a Dios como una persona separada, pero tanto Él como Dios se unen en hacer la voluntad de Dios. Ellos son uno.

Es lo mismo con el Espíritu Santo. «Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir Juan 16,13. Esto demuestra también que el Espíritu no habla por su propia cuenta, porque no es Dios, sino que también trabaja para hacer la voluntad de Dios.

La vida de Jesús en la tierra

«Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres Filipenses 2,5-7.

Podemos ver que aunque Jesús no era el mismo ser que Dios, tenía la forma y era igual a Dios antes de venir a la tierra. Sin embargo no tomo para sí esta naturaleza divina. Él «se despojó a sí mismo» y «semejante a los hombres». Cuando Jesús nació como un ser humano en esta tierra se convirtió en un verdadero hombre. Él renunció tener la forma de Dios.

Él renunció tener la forma de Dios.

Por esto el autor de la carta a los Hebreos pudo escribir: «Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado Hebreos 4,15. Jesús fue un hombre con una naturaleza como nosotros, y fue tentado en todo como nosotros. Sabemos que Dios no puede ser tentado (Santiago 1,13), y por esta razón Jesús no fue Dios mientras estuvo aquí en la tierra.

Puede parecer que esto contradice sus propias palabras en Juan 14,9 donde dice, «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.» Pero esto fue un desarrollo en la vida de Jesús. Está escrito en Lucas 2,52 que «Jesús crecía en sabiduría y en estatura Él no podría haber crecido en sabiduría si hubiera estado en la forma de Dios. Dios tiene toda la sabiduría.

También está escrito en Hebreos 2,10: «Porque convenía a aquel por cuya causa son todas las cosas, y por quien todas las cosas subsisten, que habiendo de llevar muchos hijos a la gloria, perfeccionase por aflicciones al autor de la salvación de ellos Está escrito que en Cristo habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad (Colosenses 2,9), pero este no fue el caso cuando vino a la tierra: Él «se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz Filipenses 2,7-8.

Por medio de sus padecimientos, es decir llevando a la muerte el pecado en su propia naturaleza (leer 1 Pedro 4, 1-2), Jesús fue perfeccionado – como un hombre; alcanzó la naturaleza divina – fue perfeccionado. «Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre…» Filipenses 2,9. Es por esto que Él, al final de su vida, pudo decir: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre

La vida de Jesús fue la culminación del plan de Dios para la humanidad.

Y por causa que Jesús nació del Espíritu Santo es que tuvo la fuerza para hacer morir el pecado. Ahora el Espíritu santo está disponible para nosotros, para darnos la misma fuerza. (Juan 3, 3-8, Hechos 1, 5-8, Gálatas 5,16-25)

La vida de Jesús fue la culminación del plan de Dios para la humanidad. El pecado entró en el mundo por la desobediencia de un hombre, por lo que también tuvo que ser vencido por la obediencia de un hombre. Jesús fue ese hombre. Por esto que a menudo se refirió a sí mismo como «El Hijo del Hombre». Y Jesús dice, «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí Juan 14,6. Su vida es un camino para que también nosotros lleguemos al Padre; lleguemos a la naturaleza divina. Siguiendo el ejemplo de Jesús también podemos llegar a la libertad del pecado como Él lo hizo.

Qué significa la vida de Jesús para nosotros

«Como todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad nos han sido dadas por su divino poder, mediante el conocimiento de aquel que nos llamó por su gloria y excelencia, por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina…» 2 Pedro 1,3-4.

No solo Jesús puede alcanzar la naturaleza divina, sus discípulos también pueden ser partícipes si caminan por el mismo camino que Él anduvo.

Todos los mandamientos de Jesús son de hecho mandamientos para vivir de la misma forma que Él vivió aquí en la tierra.

Para que el plan de Dios tuviera éxito era vital que Jesús fuera un hombre exactamente como nosotros, y nada más. De lo contrario no seríamos capaces de «andar como él anduvo 1 Juan 2,6. Todos los mandamientos de Jesús son de hecho mandamientos para vivir de la misma forma que Él vivió aquí en la tierra; en plena victoria sobre el pecado. Juan no podría haber dicho esto si hubiera sido imposible para los seres humanos lograrlo. Pero Jesús fue un hombre, y demostró que es posible.

No mucho después de la época de los apóstoles los cristianos comenzaron a perder la fe en que es posible para un ser humano vivir libre del pecado consciente como Cristo lo hizo, así que tuvieron que encontrar razones de su condición especial – una razón de por qué tenía algo que nosotros no.

Pero si uno cree en la Biblia así como está escrito, y cree que es posible para nosotros vivir exactamente como Jesús lo hizo, entonces el misterio de la piedad – «Cristo manifestado en carne» (1 Timoteo 3,16) – de pronto se revela. Él vivió como hombre, tentado en todo como nosotros, para mostrarnos que también nosotros podemos vivir sin pecado. A pesar que parece ser difícil, una vida en perfecta armonía con la voluntad de Dios es realmente posible por la gracia de Dios y la ayuda del Espíritu Santo, ese que Jesús envía a los que quieren obedecerle y vencer el pecado en la carne. (Hechos 5, 28-32)

Él vivió como hombre, tentado en todo como nosotros, para mostrarnos que también nosotros podemos vivir sin pecado.

¿Y cuál es la recompensa? Es la grandísima y preciosa promesa de que nosotros también podemos ser partícipes de la naturaleza divina como Jesucristo. «Al que venciere, le daré que se siente conmigo en mi trono, así como yo he vencido, y me he sentado con mi Padre en su trono.» Apocalipsis 3,21. En el cielo también hay dos tronos, y el que está a la derecha del Padre es el que Jesús quiere compartir con aquellos de los cuales se enorgullece de llamar sus «hermanos» (Hebreos 2, 10-11) y su esposa (Efesios 5, 30- 32).