Jesús puede sanar mi miseria

Jesús puede sanar mi miseria

Escrito por: Brian Janz | Publicado: jueves, 28 de mayo de 2015

No es raro para un cristiano escuchar la palabra "miserable". Todos somos pecadores. Ninguno de nosotros es capaz de alcanzar el propósito de Dios con nosotros. Estamos lejos de ser perfectos. Somos imperfectos. Deficientes. ¿Tiene que ser así?

Pablo escribe en Romanos 3,23 «por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.» Es cierto que con esto me quedo corto. Es verdadera la afirmación de que soy imperfecto. Pero la verdad es mucho más que esto.

No es difícil para mí ver que nací en el pecado. Muchas situaciones de la vida hacen que el pecado se manifieste en mí de una u otra manera, y tarde o temprano enfrento la verdad; Me quedo corto. Soy quebrantado.

Pero muchas personas se detienen aquí. Es fácil estar satisfecho con el hecho de que estoy quebrantado.

Hay un consuelo en aceptar que es inevitable que me quede corto. Esto significa que no lo debo intentar. No tan duro, al menos. Nada de lo que haga puede hacerme salvo, ¿cierto? Y he sido perdonado, así que Dios ni siquiera ve mis pecados. Ser miserable y deficiente, es sólo como debo ser par llegar al cielo.

Pensamientos como estos a menudo no son conscientes. Pero están ahí. Y son mentiras.

El gran médico

Jesús se llama el gran médico. «Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores.» Marcos 2,17. Es bueno aceptar el hecho que en realidad soy una persona corrompida. Pero, ¿qué otra cosa hace un médico, sino es curar a la gente? Sí, soy débil y miserable, ¡pero no significa que debo permanecer así! Sí, nací en este mundo en pecado, pero no es la intención que siga pecando.

Pero, ¿qué otra cosa hace un médico, sino es curar a la gente?

«Vete, y no peques más.» Juan 8,11. El gran médico tiene el poder para sanarme de mi pecado. No necesito estar enfermo. No necesito ser miserable. No necesito pecar. Él tiene el poder para curar el pecado dentro de mí. Sacar la enfermedad de raíz. Sanarme.

Y esto requiere que vaya por el camino que él hizo. «Haced morir, pues, lo terrenal en vosotros: fornicación, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia, que es idolatría.» Colosenses 3,5. Cuando las tentaciones a estas cosas se levantan dentro de mí, entonces me niego a estar de acuerdo con ellas. Quiero negarles su poder sobre mi vida. No soy un esclavo de estas cosas; ¡Yo obedezco a Jesús! (Romanos 6,12) Las llevo a la muerte.

Una nueva creación

La humanidad ha utilizado mucho tiempo en estar enfermo. No hay una cura milagrosa que me hará una persona perfecta en un día. Más bien, hay un plan de salud de toda la vida que requiere obediencia estricta para curarme correctamente.

No necesito ser hoy la misma persona que fui ayer.

«Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.» 2 Corintios 3,18.

Así que aunque no seré mañana partícipe de la plenitud de la naturaleza divina, no necesito seguir siendo deficiente. En este momento, hoy, puedo ser un poco más transformado conforme a la imagen de Dios. No necesito ser hoy la misma persona que fui ayer. ¡La impaciencia, el orgullo y la ansiedad que vi ayer en mí han muerto! Negando los pensamientos pecaminosos que se manifiestan, los llevo a la muerte.

Y quizás venga más de esto mañana, pero Jesús también me ayudará a llevar todo a la muerte. Nada de lo que surge de la carne pecaminosa dentro de mí le permitiré vivir. Son las órdenes del médico. ¡Quiero hacer todo lo necesario para ser sanado!

No son sólo pastillas para el dolor de cabeza y curitas.

«He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz; ¿no la conoceréis? Otra vez abriré camino en el desierto, y ríos en la soledad.» Isaías 43,19. Dios es el creador. Él puede hacer de mí, que estoy completamente quebrantado, algo totalmente nuevo. No son sólo pastillas para el dolor de cabeza y curitas. Una nueva persona se manifestará en mí. No una versión mejorada de mi viejo yo pecaminoso, sino una creación totalmente nueva. La vida de Jesús resplandecerá en mí. (Gálatas 2,20)

Mira a Pedro. Incapaz de confesar frente a una criada que conocía a Jesús, él también fue débil y miserable. (Lucas 22,56-57) Pero gracias al gran médico Pedro aprendió a llevar esto a la muerte. Fue sanado de su cobardía. Pudo pararse frente a toda una multitud y predicar la Palabra de Dios. (Hechos 2,14) Este no es el mismo Pedro que tuvo tanto miedo de lo que la criada pensó.

Admitir que soy deficiente es un buen paso hacia adelante. ¡Pero hay un camino que andar! ¡No voy a dejar de luchar hasta que esté mejor! No voy a detenerme hasta ser libre de pecado. No voy a detenerme hasta que pueda decir como Pablo: «¡He acabado la carrera!» También quiero llegar a acabar la carrera. Allí donde no hay más pecado. ¡Donde hay una nueva creación en mí y puedo recibir mi corona de justicia! (2 Timoteo 4,8)

También deseo ser sanado.

¿Tú no?