Júzgate a ti mismo

Júzgate a ti mismo

Escrito por: Elias Aslaksen | Publicado: jueves, 12 de junio de 2014

Todas las cosas, también cuando hablamos de la salvación, van de acuerdo a leyes. Así como hay leyes naturales, también hay leyes espirituales.

La ley constitucional para la salvación, de principio a fin – desde que somos principiantes hasta que llegamos a la perfección – es la ley de la humildad. Esto lo podemos leer textualmente en una de las cartas de Pedro, y en la carta de Santiago.

La ley dice así: «Dios da gracia a los humildes». Y a continuación leemos todo lo contrario: «A los soberbios» – o podemos decir a los altivos, engreídos, a los sabios en sus propios ojos – «los resiste». Cuando no eres humilde, y pides a Dios por gracia, uno ora «en vano».

No podemos sembrar papas y cosechar frutillas, no importa cuánto lo deseemos, la cantidad de fertilizantes que utilicemos, lo mucho que llueva, o lo bien que trabajemos la tierra, para tener unas buenas condiciones de cultivo, no es posible. No es posible recibir gracia cuando no soy humilde.

Las palabras más poderosas que tenemos acerca de la humildad, son las palabras de Jesús, que dice: «… el que se humilla, será enaltecido» (Lucas 14,11), y yo suelo añadir: Lo quiera o no. Dios ama a tales personas. Y aunque hayan orado para no ser exaltados, igualmente los exalta. Así de segura es esta ley.

Tener miedo a humillarse… es, espiritualmente hablando, algo insensato.

Así es cuando uno se humilla a sí mismo, es despreciado por las personas necias, y admirado por las personas sabias. E igualmente, al margen de lo que piensen estas personas necias o sabias, uno es exaltado. En otras palabras, tener miedo a humillarse – sentir un rechazo a esto, sentir que es lo peor que uno puede imaginarse – es, espiritualmente hablando, algo insensato, es decir completamente sin sentido.

Defenderse y excusarse a sí mismo, es por lo tanto la mayor locura que uno puede imaginarse – es rechazar la salvación. Debemos buscar siempre lo mejor para nuestro bien – debemos buscar lo que es de “primera clase”, y esto es juzgarse a sí mismo, ser humilde y humillarse a sí mismo por propia voluntad. Esto es lo más grande, más glorioso, más gratificante y efectivo que existe, en todas las circunstancias y en cada momento de nuestras vidas.

Esto es lo que uno debiera amar, y en lo que debiera aprovechar cada oportunidad. Y esto es lo mismo que humillarse a sí mismo, por propia voluntad, y no porque los demás dicen que tengo que hacerlo. Esto por sí solo es algo de “primera clase”. – Pero Dios es extraordinariamente clemente y misericordioso, que también puede ir bien, incluso cuando es de segunda clase.

Esto es humillarse a sí mismo, por propia voluntad, y no porque los demás dicen que tengo que hacerlo.

Y la segunda clase en este contexto, es ser humillado – recibir una lección de humildad. Esto es algo que Dios se encarga. Pero no siempre es así que puedo ser salvo por este medio, pero es una posibilidad. Pero hay una condición para ser salvo cuando solamente hay segunda clase, debo reconocer y aceptar por completo la humillación o la lección de humildad, no sólo con la boca, sino con el corazón. Entonces viene la exaltación.

Probablemente muchos de los que pecan en la vida cotidiana, sin reconocer nada – nunca oran por perdón – y menos piden disculpas. Para estas personas es algo natural defenderse «con uñas y dientes», así es, uno llega a agarrarse de cualquier «clavo ardiendo» con tal de defenderse a sí mismo, utilizando todo lo que tiene a su alcance. Entonces uno minimiza su salvación – uno se opone a su propia salvación.

No hay otra forma de ser salvo sino a través del auto-reconocimiento – a través de la humillación y el reconocimiento, juzgándome a mí mismo, y no a los demás.

Tenemos una palabra muy seria acerca de esto en 1 Corintios 11, 31-32. «Si, pues, nos examinásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados;  mas siendo juzgados, somos castigados por el Señor, para que no seamos condenados con el mundo.»

Es tan simple como «uno, dos, tres»: Si nos examinamos a nosotros mismos, entonces no somos juzgados.

Es tan simple como «uno, dos, tres»: Si nos examinamos a nosotros mismos, entonces no somos juzgados – por supuesto, si no hay ninguna razón para ello. Pero cuando hemos descuidado esto, Dios es tan misericordioso que Él nos juzga con el fin de darnos otra oportunidad, y si entonces no aceptamos este juicio – esta humillación, esta lección de humildad, entonces somos condenados con el mundo.


¡Pero la gran pregunta que surge nuevamente, como se mencionó antes, es si acepto este juicio, y si no, soy condenado junto con el mundo! Puedes leer todo lo que quieras – pero es lo que está escrito.

Y no hace falta siquiera decirlo – es casi un comentario innecesario – que humillarse demasiado, es algo que no existe, pero si hay una gran falta de no humillarse lo suficiente. Nunca nadie se ha humillado lo suficiente.

Esto podemos tener como respuesta permanente para todo, cuando hay algo que no está como debería: El problema es una evidente falta de temor de Dios. Uno no toma la palabra de Dios muy en serio, – pero es algo muy serio.

¡De corazón les deseo pleno éxito, a todos! ¡Mucho éxito con un futuro indescriptiblemente glorioso – una formidable, y profunda salvación! Y solamente Dios puede dar gracia para esto. Y con gusto nos da gracia para esto, con mucho gusto. Esto es lo que Él quiere para todos y cada uno, más que nada.
 

Extracto de una prédica de Elias Aslaksen.
Publicado en el libro «Los últimos mensajes de Elias Aslaksen»
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