Salid de ella, pueblo mío

Salid de ella, pueblo mío

Escrito por: Richard Savage | Publicado: martes, 08 de diciembre de 2015

«Y oí otra voz del cielo, que decía: Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas; porque sus pecados han llegado hasta el cielo, y Dios se ha acordado de sus maldades.» Apocalipsis 18, 4-5.

Me pregunto cuántas personas han leído esto, y realmente se han preguntado lo que significa para ellos. Es esencial que esta voz vino del cielo e iba dirigida a aquellos que Jesús llamaba «su pueblo», ¿Quiénes son «su pueblo»? y ¿qué es «Babilonia»?

Pablo profetizó a Timoteo que vendrían tiempos difíciles, y que al amparo del cristianismo habría «hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella; a éstos evita» (2 Timoteo 3, 1-5).

 la amistad con el mundo es enemistad contra Dios

Esta falta de fidelidad — el no querer renunciar a sus propios deseos pecaminosos, y al mismo tiempo seguir a Cristo como expiación por sus pecados – es conocida como «fornicación» o adulterio espiritual por Pablo y Santiago. Asimismo escribe Pablo muy claro, que la amistad con el mundo (los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida) es enemistad contra Dios. Lo que Dios llama Babilonia la grande, la madre de las rameras y de las abominaciones de la tierra, es una organización religiosa que monta sobre la bestia – un mundo bajo el poder de Satanás. Por siglos la bestia ha apoyado una forma de cristianismo que nunca ha llevado a las personas a una vida en victoria, sino que las ha ligado a doctrinas de hombres y a autoridades religiosas con apariencia de piedad, que niegan el poder que viene de vivir una vida crucificada.

¿Acaso no es cada vez más evidente, que este falso cristianismo sigue el camino de la bestia, en lugar de amar a Dios y guardar sus mandamientos, y tolera la forma de vida inmoral de la bestia, en lugar de refutarla? Sabemos que no todo el que llama a Jesús «Señor» pertenece al reino de los cielos, sino el que hace la voluntad del Padre y se aparta de la iniquidad (Mateo 7, 21-23). Los que han crucificado su carne con sus pasiones y deseos, son los que pertenecen a Cristo (Gálatas 5, 24). Estos odian el pecado y anhelan una vida en victoria, donde pueden agradar a Dios en todos los sentidos.

Tales personas no pueden tener reposo en un «sistema de fornicación». En este último tiempo, Dios ha estado abriendo los ojos de los hombres para que puedan ver la corrupción que hay en Babilonia y la bestia. Algunos, con buenas intenciones prueban reformar su rama del cristianismo – obedecen a Dios en lugar de los hombres y siguen la Palabra de Dios como lo hacían los reformadores en la antigüedad. Sin embargo, experimentan el mismo trato por parte del espíritu de la ramera, como el Pueblo de Dios en las generaciones previas. Son silenciados o excluidos. La ramera es incurable. La voz del cielo dice: «Salid de ella, pueblo mío».

La voz del cielo dice: «Salid de ella, pueblo mío». Pero, ¿dónde irán?

Pero, ¿dónde irán? «¡Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio!» (Hebreos 13, 13). ¿Qué sucedió con Jesús allí «fuera del campamento», alejado de las expectativas humanas? Fue crucificado. Fuera del campamento están los que creen en estar crucificado con Cristo. Los que no están satisfechos con que Cristo fue crucificado por ellos, de modo que sus pecados son perdonados por medio de su muerte expiatoria, sino que tienen el anhelo de vencer sobre el pecado y gobernar con Él en la vida – ahora y por la eternidad. En lugar de aferrarse a una forma de «cristianismo» sin renunciar a sus propios deseos pecaminosos, crucifican su carne con sus pasiones y deseos.

«Y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos». (2 Corintios 5, 15). A pesar de que murió por los pecados de todo el mundo, son aquellos que a la verdad se arrepienten profundamente agradecidos por la gracia de Dios. Estos sufren por sus errores, y no reciben alimento a través de un mensaje que no tiene más que ofrecer que perdón de pecados. Lo peor es que la ramera predica perdón sin arrepentimiento, y permite que las personas sigan viviendo en pecado con la falsa esperanza de ir al cielo.

tienen el anhelo de vencer sobre el pecado y gobernar con Él en la vida.

«Quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras» (Tito 2, 14).

Dios Mismo reúne en un cuerpo, a todos aquellos que viven una vida crucificada. Estos son fieles a Dios, Su Novio Celestial, y ellos son su esposa, su preciosa posesión, por quienes dio su vida. (Apocalipsis 19,7 y 21,1-27.)