Agradecido hasta el final

Agradecido hasta el final

Escrito por: Erny Janz | Lugar: Winnipeg, Canadá | Publicado: jueves, 25 de agosto de 2016

Está sentado justo aquí a mi lado. En el pasado fue una persona llena de energía, y muy hablador, pero ahora está prácticamente en silencio.

El cuerpo está viejo; la mente se ha vuelto débil. Él, que en el pasado fue el sostén de la familia en el hogar, el conductor, el hombre que reparaba lo que había que reparar, ahora depende de ayuda para realizar las tareas simples de la vida diaria. De vez en cuando cuenta historias de su infancia, de la guerra en Europa. Pero el proceso de pensar es cada vez más lento. Uno de los efectos de la demencia.

Sin embargo está lleno de agradecimiento. En cuanto uno mira su rostro, él irradia alegría. Las palabras que escuchamos con mayor frecuencia son «¡Gracias!» y «¡Estoy tan agradecido!» ¿No es algo notable? Un hombre que ha perdido su independencia, que la mayor parte del día pasa sentado en una silla, ¿esté tan agradecido?

Las palabras que escuchamos con mayor frecuencia son «¡Gracias!» y «¡Estoy tan agradecido!»

Algo nuevo

¿Cuál es el secreto detrás de esta vida, de este resplandor? Cuando joven escuchó que podía seguir las pisadas de Jesús, Él que no cometió pecado. «Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca.» 1 Pedro 2, 21-22.

Este fantástico y poderoso verso abrió un nuevo mundo para él. Ya era un cristiano, pero estaba acostumbrado a una vida donde seguía haciendo cosas que sabía estaban mal, y en realidad sólo se dirigía a Dios para recibir perdón. Con esto aprendió realmente a seguir a Jesús: paso a paso y negar el pecado al cual era tentado. En lugar de dirigirse continuamente  a la cruz por perdón, podía tomar su cruz y llegar a una vida victoriosa. ¡Una vida en la que a través de la ayuda y fuerza de Dios, ya no tenía que pecar!

Con esto aprendió realmente a seguir a Jesús: paso a paso y negar el pecado al cual era tentado.

Fue una batalla; tomó tiempo, pero resistió. Conforme pasó el tiempo, se volvió cada vez más feliz. Y las personas alrededor comenzaron a ver los resultados. Él que solía enojarse con sus hijos, se volvió un papá gentil y amable. En lugar de quejarse, se volvió un hombre feliz. Costo algo poner fin a la soberbia, la terquedad, el egoísmo y todos los otros pecados que el Espíritu señalaba. Tuvo que renunciar a su propia voluntad y sus opiniones que estaban en oposición con la voluntad de Dios. No vino de forma natural. No fue fácil. Fue una lucha, que requirió plena fidelidad, cada momento de cada día. ¿Valió la pena?

El resultado de una vida fiel

Su rostro radiante da la respuesta. Si uno le pregunta cómo van las cosas hoy, la respuesta siempre es «¡Bien!» No es una respuesta superficial; sino algo verdadero. Cada día es un buen día. No hay ningún rastro de queja, amargura o descontento. Este es el resultado del trabajo que se ha llevado a cabo en su interior durante su vida. Él está lleno de reposo y paz que vienen de una vida de fidelidad hacia su Dios.

Cuando pienso en él a menudo recuerdo las palabras en 1 Pedro 3, 10-11: «Porque: El que quiere amar la vida y ver días buenos, refrene su lengua de mal, y sus labios no hablen engaño; apártese del mal, y haga el bien; busque la paz, y sígala

«Dios ha hecho un trabajo en mí,» dice con una gran sonrisa.

«Dios ha hecho un trabajo en mí,» dice con una gran sonrisa. ¡Qué hermosa manera de pasar sus últimos años aquí en la tierra! En gozosa expectativa de la recompensa eterna que obtendrá por una vida dedicada a servir a Dios.