Elegir defender su fe

Elegir defender su fe

Escrito por: Anna Risa | Lugar: Melbourne, Australia | Publicado: jueves, 06 de noviembre de 2014

¿Hay algunas personas que simplemente «nacen cristianos»? ¿O bien todos finalmente tienen que tomar la elección más crítica?

Mientras conduzco por una oscura y fría noche de invierno pienso en la amiga que voy a visitar. Anna Nooitgedagt – la conozco de toda la vida, y aunque es varios años mayor que yo siempre he sentido que compartimos un vínculo especial. Conduzco un camino mal iluminado en las afueras de Melbourne, y mis pensamientos se inundan con los recuerdos de los momentos que pasamos cuando era pequeña, y la admiraba más que a ninguna otra persona.

Por lo que puedo recordar ella siempre ha defendido su fe, independiente de lo que los demás piensen o digan.

Pero hay una cosa que me llama más la atención cuando pienso en Anna. Mirando hacia atrás ya con ojos adultos, me doy cuenta que lo que más recuerdo es su fe inquebrantable en Dios. Por lo que puedo recordar ella siempre ha defendido su fe, independiente de lo que los demás piensen o digan. Jamás recuerdo haber notado algún tipo de vacilación en esta zona, algún indicio de inseguridad o duda en cuanto a si estaba haciendo lo correcto en vivir para Él.

Pero, ¿cómo es esto posible? Pienso en mi propio y personal viaje de fe, que bien podría describirse como un viaje en montaña rusa en ciertos periodos, particularmente al final de mi adolescencia. ¿Cómo pudo ser siempre tan sólida en lo que creía? ¿Había nacido así, con una simple fe en su Creador? ¿No tuvo jamás que tomar la decisión de defender su fe, lo que a muchos de nosotros nos resulta tan difícil?

Decisiones difíciles

Espero recibir la respuesta a algunas de estas preguntas esta noche. Cuando llego, la mayoría de los niños ya se han ido a dormir, pero Anna pronto levanta al bebé que está llorando y, obviamente necesita un poco de atención. Hablamos sobre varias cosas; sus hijos, mi trabajo, pero luego dirijo la conversación hacia lo que anhelo oír: su fe y lo que significa para ella.

Menciona que creció en una familia cristiana, y que sabía de los valores y lo que sus padres esperaban de ella. «Entonces de pronto estás en la escuela,» continúa y mece al bebé que ahora está tranquilamente en sus brazos. «Y te hacen todo tipo de preguntas: ¿Quieres venir a tal lugar? ¿Quieres participar en tal cosa?»

Sé que no está hablando de sólo visitas inocentes y reuniones sociales. Me hicieron las mismas invitaciones a fiestas, bailes y similares donde sabía que pondría mi relación con Cristo en peligro.

Me hicieron las mismas invitaciones a fiestas, bailes y similares donde sabía que pondría mi relación con Cristo en peligro.

Cuenta que siempre dijo no; algunas veces tenía excusas y en otras decía que sus padres no querían que lo hiciera, pero siempre sentía que era como si diera una respuesta definitiva sin en realidad entender por qué era lo correcto.

¿Qué irán a pensar de mí?

«Entonces recuerdo una noche que estaba en la cama» cuenta. «Pensaba en la escuela y las personas en la escuela, y que siempre era un poco difícil cuando esas preguntas venían. Uno teme de alguna manera, porque ¿qué irán a pensar ellos de mí?» Cuenta que mientras estaba allí vino de pronto un pensamiento a su cabeza. Fue como si alguien le preguntara: «¿A quién quieres servir? ¡Tienes que tomar una elección!»

«Entonces entendí que realmente tenía que tomar una decisión por mi propia vida,» continúa. «No tenía que ver con lo que mis padres hacían, sino con lo que yo debía elegir.» En ese momento decidió que viviría para Dios, porque era lo que anhelaba hacer.

«¿Y cómo te sentiste entonces?» le pregunté.

¿Y ahora qué?

«Sentí una tal paz,» recuerda. «No puedo decir que sentí un arrebato de alegría o algo similar, sólo paz.» La siguiente vez que le hicieron una de las preguntas por las que antes habría sentido temor, fue abierta y honesta sobre las razones por las que no quería ir, cortésmente pero con firmeza, les explicó que era cristiana y que en realidad no estaba interesada en tales fiestas donde la gente simplemente va allí para beber y divertirse de esa manera.

«No puedo decir que sentí un arrebato de alegría o algo similar, sólo paz.»

Le pregunto si experimentó burlas o reprobación después de responder así a sus amigos de escuela.

«La verdad no mucho,» responde con una media sonrisa. «No tanto como lo esperaba. Creo que en el fondo lo respetaron.»

Asiento en señal de acuerdo. Pienso en aquellas ocasiones que he tenido que pronunciarme de forma similar; la reacción nunca es ni la mitad de lo malo que uno espera.

La conversación no termina allí; tenemos muchas cosas de qué hablar. Pero ahora veo con más claridad por qué era alguien a quien podía admirar, en quién podía aprender y tener confianza. Fue un alivio saber que no tenía ciertas aptitudes especiales, y que justamente había pasado muchas de las mismas cosas que yo. Incluso Anna, que siempre me había parecido ser una «cristiana innata», tuvo que tomar una elección. La elección misma. ¡Pero lo hizo, y me alegro por ello!