¿Cómo la soledad perdió el control sobre mí?

¿Cómo la soledad perdió el control sobre mí?

Escrito por: Lucy Jacobs | Lugar: Didcot, Inglaterra | Publicado: domingo, 10 de julio de 2016

En medio de mi adolescencia era activa en todos los sentidos. Me encantaba el deporte, siempre estaba ocupada en el trabajo y estaba muy involucrada en las actividades de la iglesia. Sabía que amaba a Dios y que quería ser un discípulo, pero en medio de todo esto igualmente me sentía increíblemente solitaria.

Sentía que no tenía ningún amigo. Pensaba a menudo: «¿Por qué yo? Todos tienen un amigo que siempre está ahí; ¿por qué Dios no querría darme uno a mí?» Debido a que casi siempre tenía una sonrisa dibujada en mis labios nadie sabía que estaba tan solitaria, a pesar que tenía un sentimiento de vacío por dentro.

Me di cuenta después de un tiempo que mi autoestima había caído, y estaba peligrosamente ocupada de mí misma y de lo terrible que mi vida parecía ser. Estaba construyendo un muro interno de resentimiento que me cegaba de todas las otras necesidades fuera de las mías propias. Y a pesar que reconocía que este muro estaba allí, realmente no sabía qué iba a hacer al respecto.

«Debes dejar de vivir por tí misma»

Un fin de semana estaba el grupo de jóvenes de nuestra iglesia reunidos para algunas actividades, y contra mi voluntad había ido. Sin embargo no pasó mucho tiempo antes de encontrarme sentada sola. Uno de los hermanos mayores que trabajan con los jóvenes y que conocía y tenía aprecio vio la tristeza detrás de mí sonrisa y se sentó a mi lado. Abrí la puerta de mi corazón y le dije qué era lo que me tenía tan preocupada. Me escuchó con atención y sonrió un poco cuando le conté mi historia de que «no tenía amigos».

Lo que respondió me golpeó fuerte, y son palabras que siempre llevaré conmigo y por las cuales estaré agradecida: «Lucy, tienes que dejar de vivir para ti misma, y dar tu vida por los demás. Sólo espera y verás lo feliz que Dios te hará»

Le pedí que abriera mis ojos y me diera un anhelo de ayudar y bendecir a los demás, y que me hiciera una persona feliz. 

En el fondo sabía que tenía razón; sabía que era yo quien tenía que cambiar, no el resto. En Santiago 1,14 está escrito que cada uno es tentado y seducido por sus propios deseos. Esto significa que el problema está en mí; son mis propias pasiones y deseos, mis exigencias y sentimientos de insatisfacción lo que provocan malestar y con lo cual debo trabajar, independientemente de cómo los demás me traten. Esa noche me arrodillé y oré fervientemente a Dios. Le pedí que abriera mis ojos y me diera un anhelo de ayudar y bendecir a los demás, y que me hiciera una persona feliz.

Puedo decir sinceramente que mi vida nunca más fue la misma desde entonces.

Una batalla consciente

En lugar de permitir mis pensamientos girar únicamente en torno a mí misma y mi situación, decidí comenzar a vivir por los demás. Tomé una batalla consciente en mi vida de pensamientos contra la soledad, el desánimo y la autocompasión, para así dejar que la paz de Dios gobernara en mi corazón a cambio. (Colosenses 3,15) Cada vez que un pensamiento negativo venía imaginaba que le cerraba la puerta, de modo que no ganara o bien tuviera algún poder sobre mí.

Además de luchar contra estas inclinaciones dentro de mí, también me volví activa con las cosas prácticas que podía hacer. Le había pedido a Dios esa noche que pudiera abrir mis ojos para ver las necesidades de los demás, ¡y eso fue exactamente lo que hizo!

Cada vez que un pensamiento negativo venía imaginaba que le cerraba la puerta, de modo que no se hiciera o bien no tuviera ningún poder sobre mí.

Poco a poco comencé a ver a la gente a mí alrededor que se sentía sola o excluida que quizás me necesitaba como amigo o como alguien que podía ayudarles. Utilicé lo que tenía para hacer que lo tuvieran bien en pequeñas cosas, detalles cotidianos como llevarlos en mi auto, comprar algo rico para los niños que conocía, y siempre, tan pronto alguien me venía a la mente, oraba por ellos. Hacía lo que podía para hacer felices a los demás, y como resultado yo misma era feliz.

La alegría no vino en forma instantánea a mí, pero vino con el tiempo.

Una nueva forma de pensar

Después de unas semanas practicando esto, llegué al final de un día ajetreado de trabajo y me di cuenta que no había cedido una sola vez a la autocompasión o había perdido el tiempo estando ocupada de mis propios problemas. Dios había cambiado mi forma de pensar, y verdaderamente yo había empezado a cuidar de los demás. Aquellos con los cuales había pasado tiempo y por quienes había orado se convirtieron en mis amigos, ¡sin siquiera darme cuenta. Y debido a esto la soledad había desaparecido; ya no tenía control sobre mí.

Hoy en día mi situación es muy diferente. Antes estaba desesperada por tener amigos, y la autocompasión me llevó hacia abajo. Pero cuando dejé de enfocarme en mí misma y comencé a usar mi tiempo en cosas que tienen el valor correcto, fui capaz de construir amistades duraderas con las personas a mi alrededor. Dios abrió mis ojos a cosas que estaba ciega, y ahora mis pensamientos ya no están más basados en «mí, mí misma y yo».

Dios había cambiado mi forma de pensar, y verdaderamente había empezado a cuidar de los demás.

Esto no quiere decir que siempre ha sido «color de rosas». Satanás ha regresado varias veces para tratar de llevarme de vuelta a los lugares oscuros que estaba. Sin embargo, lo he resistido; he elegido tener cuidado de las personas a mí alrededor, y ser una bendición y una amistad para los demás. He guardado las palabras de Jesús sobre el amor delante de mis ojos: «Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos.» Juan 15,13.

¡Como resultado Él me ha bendecido más de lo que puedo explicar! Tengo amigos sólidos, fiables y fieles, demasiados para contarlos. Son personas que siempre han estado ahí, pero que no era capaz de verlos en forma correcta debido a mi propia visión egoísta, nublada. ¡Los vi cuando decidí dejar de enfocarme en mí misma!