Enjugará Dios toda lágrima

Enjugará Dios toda lágrima

Escrito por: Julia Albig | Publicado: jueves, 12 de noviembre de 2015

Ha sido un largo día en la universidad, y mientras me dirijo al bus para ir a casa siento mi mochila más pesada que nunca. Perdí a mi madre a principios de este mes, y me siento un poco sola aquí tratando de hacer frente a las tareas escolares, cuidando una casa, y apoyando a mi papá en este difícil momento. No dormí bien anoche, y esta tarde tengo al menos un par de horas con tareas.

Mi mente está tan llena de todas estas cosas, que no me doy cuenta de la mujer que va en el bus justo detrás de mí hasta que un hombre le grita al chofer, «¡Tiene que llamar a una ambulancia para esta mujer!» Miro hacia arriba y veo a una mujer joven, más o menos de mi edad, de pie en el pasillo. Su cara está herida y golpeada, y tanto su rostro como sus manos están cubiertos con su propia sangre. Claramente acaba de ser víctima de algún tipo de violencia.

Con su cabeza inclinada por vergüenza se aleja del hombre y se sienta a mi lado. No dice nada, pero me doy cuenta que todo su cuerpo tiembla de llanto. Me gustaría tener las palabras para ayudarla, en lugar de estar allí sentada sin poder hacer nada. Mi siento tan mal por ella que me rompe el corazón. Me gustaría poder llegar a ella, pero la verdad no tengo idea de cómo puedo hacerlo.

Uno solamente necesita abrir el periódico para ver que el mundo está lleno de dolor y sufrimiento.

El bus se detiene y dos policías suben. Vienen y se paran delante de nosotras. «¿Podemos llamarle una ambulancia?» pregunta uno de ellos. Mueve la cabeza en señal de no, y se niega mirar hacia arriba. El policía se agacha delante de ella. «¿Puede al menos contarnos lo que sucedió para poder ayudarla?» dice amablemente. Llorando empuja repentinamente  al policía, sale del bus y se va corriendo por la calle. Los dos policías van detrás de ella y el bus sigue su recorrido. Sé que es poco probable que vuelva a verla otra vez.

¿Qué puedo hacer al respecto?

De pronto no es fácil ver con claridad. No puedo imaginar todo lo que ha tenido que pasar y probablemente seguirá pasando el resto de su vida. A pesar que pude haberla ayudado, hay muchas otras personas allí afuera que también necesitan ayuda. Uno solamente necesita abrir el periódico para ver que el mundo está lleno de dolor y sufrimiento. Me siento abrumada y frustrada cuando pienso en todo lo que tienen que soportar y padecer. ¿Qué puedo hacer al respecto?

¿Cómo recibo la sabiduría que necesito para que Dios pueda utilizarme?

Con mi cabeza llena con todos estos pensamientos, me viene a la mente el verso en Apocalipsis 21, 4 que describe la nueva Tierra que está por venir. «Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.»

¡Quiero ser parte en esta obra; en este gran servicio! Pero, ¿cómo recibo la sabiduría que necesito para que Dios pueda utilizarme? En 2 Corintios 1, 3-4 está escrito: «... Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios.»

Entrenada como un instrumento de justicia

Sé que esta  vida es una formación que me enseña a ser una ayuda para las personas este tiempo venidero. Cuando soy fiel siguiendo a Jesús, voy por el mismo camino que anduvo cuando estuvo aquí en la tierra, y si busco a Dios en mis tribulaciones y pruebas, entonces Él puede utilizarme.

Negando el pecado que surge de mi propia carne, me desarrollo en las virtudes de Dios. Cuando permito que Dios haga una obra en mí, entonces obtengo más amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza. (Gálatas 5, 22-23) Estas son las herramientas que necesito para poder ayudar a los que están en necesidad. Personas, que como la mujer en el bus, necesitan compasión y amor.

Los demás pueden experimentar la bondad de Dios a través de mí. Entonces puedo ahora mismo comenzar a tratar a las personas del mismo modo que Dios lo hará en la nueva tierra.

Solamente cuando me despojo del viejo sentir, que era egoísta y servía al pecado, puedo comenzar a servir a Dios y llevar a cabo su voluntad en mi vida. (Efesios 4, 20-24) Entonces los demás pueden experimentar la bondad de Dios a través de mí. Entonces puedo ahora mismo comenzar a tratar a las personas del mismo modo que Dios lo hará en la nueva tierra.

Mi corazón arde cuando pienso en esto, y renueva mi decisión de querer recibir lo máximo de cada posibilidad que Dios me da para salvación. No puedo terminar con todo el dolor y sufrimiento en la tierra, pero desde ya puedo ser una ayuda allí donde Dios me muestra una necesidad. Tengo que terminar de vivir para mí misma, de modo que Dios pueda mostrarme aquellas situaciones en las que puedo ser una ayuda y una bendición.

Un glorioso ministerio

Por ejemplo, quizás conozco a una persona joven que está pasando por un momento difícil. Ellos necesitan experimentar amor verdadero y cálido. ¿Puedo darles eso? ¿Puedo abrumarlos con bondad, y darles consuelo y ayuda? Cuando he sido fiel y obediente puede Dios utilizarme como un instrumento de justicia. (Romanos 6,13)

Todas estas pruebas y experiencias me enseñan lo que tengo que ser capaz el tiempo que está por venir.

Cuando pienso en aquellas situaciones que parecen ser tan difícil para mí, ahora puedo verlas con ojos nuevos. Todas estas pruebas y experiencias me enseñan lo que tengo que ser capaz el tiempo que está por venir. Un tiempo donde ya no tendré que sentarme sin poder hacer nada y ver como otros sufren, ya que he sido fiel utilizando las posibilidades que Dios me ha enviado para aprender. Cuando me siento solitaria y abrumada, o lo que sea, puedo orar a Dios y Él me dará todo el poder para vencer y crecer en las virtudes y en sabiduría.

El bus se detiene en mi parada, tomo mi mochila y salto abajo. Siento mayor determinación de vivir esta vida de tal manera que Dios pueda utilizarme en este glorioso ministerio.