¿Por qué sirvo?

¿Por qué sirvo?

Escrito por: Irene Janz | Publicado: lunes, 24 de noviembre de 2014

Es sábado y el reloj marca las seis de la mañana, puedo ver mi aliento en la ventana del auto mientras miro el campo congelado que pasa volando. A mi alrededor hay otras chicas que tratan de recuperar un poco de sueño.

El conductor escucha música para mantenerse despierto mientras viajamos a toda marcha por la autopista. Vamos de camino a un dugnad (trabajo voluntario) para nuestra iglesia. Es un viaje de 3 horas hasta nuestro destino, y hay mucho tiempo para reflexionar. Hay muchas cosas que hacer en estos días. Pareciera que siempre hay una ocasión para mantenerse ocupado, ya sea siendo el líder de un grupo de actividades para niños, con la escuela dominical, participando en dugnad para la iglesia, ayudando cuando un hermanos lo necesita, participando en las actividades con el grupo de jóvenes, etc. Hay suficiente para cada día. Por mi parte participo lo más que puedo. Pero cuando pienso en el largo día que está por delante me pregunto a mí misma, ¿por qué lo hago realmente? ¿Por qué, por ejemplo, habría de levantarme temprano un sábado para trabajar dugnad, cuando podría estar durmiendo hasta tarde, como la mayoría de mi edad lo hace?

Necesito aprender

Cuando realmente pienso en esto, sé que a menudo es mi propia naturaleza perezosa y egoísta lo que me impide querer hacer algo por los demás. Por mi parte prefiero sentarme en casa y terminar de leer mi libro, o bien ver televisión – la lista es larga. Yo, yo, yo. ¡Tengo que aprender a terminar con esto de siempre pensar en mi misma! Tengo que aprender a renunciar a mi propia voluntad, para en cambio servir y bendecir a los demás. Tengo que aprender a humillarme a mí misma y decir «no» cuando soy tentada a vivir para mí misma. Me he dado cuenta que realmente tengo que hacer algo, para poder aprender a hacer la voluntad de Dios en lugar de la mía.

Tengo que aprender a humillarme a mí misma y decir «no» cuando soy tentada a vivir para mí misma.

Y definitivamente esto es una obra; un sacrificio. Encuentro mucha resistencia dentro de mí. Sacrificar significa renunciar a algo. La tentación es a quejarse y arrastrar los pies. «En realidad debo ir, porque es mi deber, y si no lo hago tal vez la gente se preguntará por qué no lo hice. Solamente desearía de vez en cuando tener un poco de tiempo para mí.» Cuando tales pensamientos vienen pienso en las palabras de 2 Corintios 9, 6-7. «El que siembra escasamente, también segará escasamente; y el que siembra generosamente, generosamente también segará. Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre.»

Un dador alegre

Cuando decido ser una dadora alegre, en lugar de ayudar con tristeza o por necesidad, entonces llego con una buena actitud. Puedo seguir siendo tentada a estos pensamientos, pero ahora hay un firme y determinante «¡No!» a  vivir por mí misma, y los pensamientos los llevo a la muerte. Y sé que cuando tengo este sentir entonces Dios me da toda la fuerza que necesito «para hacer el bien y no cansarme.» (Gálatas 6,9) Entonces cuando surge la oportunidad de participar en servir y sacrificar, puedo estar lista y tener un espíritu bueno y edificante a mí alrededor.

Cuando estoy feliz y dispuesta entonces las cosas sólo van bien, y puedo ser un estímulo para los demás.

¡Depende totalmente de mí qué tipo de actitud tengo! Cuando estoy feliz y dispuesta entonces las cosas sólo van bien, y puedo ser un estímulo para los demás. Quizás hay alguien que está pasando por un mal momento; entonces puedo aliviar la carga y ser un ejemplo. Si tengo un espíritu de queja y de mala gana, los demás lo pueden sentir, y esto también los puede arrastrar.

Experimento una bendición

Entonces, ¿por qué lo hago? ¿Por qué doy mi tiempo y mejor esfuerzo para bendecir y servir a los demás? Porque de este modo puedo ser parte de la hermandad que he experimentado y de la bendición que personalmente he recibido de esta. De esta forma puedo crecer en el temor de Dios y ser un ejemplo y pastor para los más jóvenes. Cuando participo Dios puede utilizarme para edificar la iglesia. «Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios.» (1 Corintios 3,9).

No quiero ser una persona que simplemente se cuelga al carro. Quiero ser una persona que se baja y empuja.

Cuando el auto se detiene en el granero donde vamos a pasar el día, todos se despiertan y se apresuran lo más rápido posible para entrar en calor. Todavía se pueden ver las caras de sueño, y hay muchas bromas de buen carácter y risas. Todos están de buen humor. Estoy rodeada de un grupo de personas que sé que están en un mismo sentir. Esto se encarga de tener un buen ambiente, y estoy muy agradecida que puedo ser parte de esto. No quiero ser una persona que simplemente se cuelga al carro. Quiero ser una persona que se baja y empuja.